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Síndrome del impostor en psicólogos:cuando también dudamos de nuestro trabajo

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Síndrome del impostor en psicólogos:cuando también dudamos de nuestro trabajo

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¿Terminas una sesión y, en lugar de pensar en cómo ha ido, te quedas pensando en todo lo que podrías haber dicho mejor?. Repasas una intervención concreta y te preguntas si un compañero con más experiencia habría afrontado ese silencio de otra manera. Y, casi sin darte cuenta, te viene a la mente una pregunta: ¿de verdad sé lo que estoy haciendo?

Si te ha pasado, no eres la única persona a la que le ocurre. Es una sensación es bastante habitual entre los profesionales de la psicología, aunque no siempre se hable de ella.

Por qué el síndrome del impostor encuentra terreno tan fértil en psicología

Hay algo en nuestro trabajo que puede hacer que esta sensación aparezca con más facilidad. A diferencia de otras disciplinas, donde el resultado es más visible o se puede medir a corto plazo, en terapia muchas veces no es tan fácil saber si algo está funcionando.

Los cambios pueden ser lentos y no siempre son claros. No hay una prueba que te confirme que una intervención ha sido la adecuada. Tienes las palabras de la persona que tienes delante, tu propio criterio clínico y la duda de qué habría pasado si hubieras actuado de otra manera.

A esto se suma una formación que, con razón, pone mucho énfasis en todo lo que puede salir mal: los límites éticos, los riesgos de una mala praxis y la responsabilidad que implica acompañar a alguien en un momento vulnerable. Todo eso es necesario, pero también hace que se hable menos de las dudas que pueden aparecer incluso cuando estás haciendo bien tu trabajo. Y cuando apenas hay espacios para hablar de esas dudas más allá de la supervisión o de los espacios profesionales, es fácil acabar pensando que dudar significa no estar preparado.

Cómo se manifiesta en el día a día de consulta

No siempre se presenta de una forma dramática, como pensar «no valgo para esto». A veces, aparece de maneras más sutiles: puede ser revisar una sesión durante horas buscando el error, o sentir que cada paciente que mejora lo hace «a pesar de ti» y no gracias a tu trabajo. También puede aparecer cuando evitas compartir un caso difícil con tus compañeros por miedo a que se den cuenta de que puedas no tener controlada la situación, o aceptar formación tras formación para sentirte más preparado o preparada de verdad.

Hay que prestar atención a ese último punto, porque no es lo mismo apuntarte a una formación porque te interesa un enfoque en concreto y quieres aprender, que hacerlo desde esa sensación de que todavía no sabes suficiente y no estás preparado del todo.

La diferencia puede parecer pequeña, pero nos da información de cómo nos estamos relacionando con nuestro propio trabajo.

Autoexigencia sana o síndrome del impostor: dónde está la diferencia

No toda duda profesional es un problema. La autoexigencia sana te lleva a revisar un caso complejo, a pedir una segunda opinión cuando algo no termina de encajar o a reconocer los límites de tu formación en un área concreta. Esa autoexigencia te ayuda a mejorar tu práctica clínica.

El síndrome del impostor, en cambio, no se soluciona simplemente con más competencia. Puedes acumular años de experiencia, formación y casos resueltos con éxito, y aun así seguir teniendo esa sensación de estar engañando a los demás. Pero no tiene que ver con una falta de habilidad, sino con la forma en la que interpretas lo que te pasa: a menudo tendemos a atribuir lo que sale bien a la suerte, al paciente o a la casualidad, y lo que sale mal a una falta de capacidad personal. Si notas que ningún logro profesional consigue cambiar esa sensación de fondo, probablemente no sea una cuestión de preparación, sino de esta forma de interpretar lo que haces.

Qué ayuda de verdad cuando aparece

La supervisión clínica regular sigue siendo una de las herramientas que más ayudan, y no únicamente cuando estás empezando. Poder hablar de un caso con otro profesional, incluso después de diez años ejerciendo, aporta algo muy interesante: te permite verlo desde fuera, sin toda la presión y la autoexigencia con la que a veces lo estás viviendo.

También ayuda hablar con otros terapeutas, incluso fuera de la supervisión. Muchos psicólogos dejan de sentir que son los únicos que dudan tanto cuando tienen una conversación sincera con otro compañero o compañera y se dan cuenta de que esas dudas son mucho más comunes de lo que se pensaban.

Y además, algo de lo que se habla menos: ir a terapia como paciente. No solo por lo que pueda aportar a nivel personal, sino porque también hace falta tener un espacio propio para procesar todo lo que puede despertar el trabajo con pacientes. Quienes van a terapia suelen decir que es un lugar en el que, por un rato, pueden dejar de estar pendientes de los demás y ocuparse de lo que les pasa a ellos mismos.

No es una carencia individual, es un punto ciego de la profesión

Si hay algo que caracteriza al síndrome del impostor en psicología es que muchas veces se vive en silencio. Cada terapeuta puede pensar que sus inseguridades son solo suyas, que los demás lo tienen mucho más claro. Pero la realidad es que es algo bastante más común de lo que parece y de lo que solemos hablar.

Ponerle nombre a lo que nos pasa, hablarlo con otros y tener un espacio, ya sea de supervisión, con compañeros o en terapia donde no tengamos que aparentar que todo lo tenemos bajo control puede ayudar mucho. Y algo importante, reconocer que tenemos dudas o inseguridades no significa que seamos peores profesionales. Al contrario, también forma parte de hacer bien el trabajo.

Artículo escrito por: Nombre del Autor

Ana Ruiz es médica y escritora. Escribe sobre salud y bienestar para ayudarte a vivir mejor cada día.

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